10 de diciembre de 2014

Viaje inesperado a la literatura (I)





Me fui tres días hace unos días. Esos tres días que pasé fuera parecen algunos más. Preocupado terrenal y torpemente como estaba (conocedor de mi preocupación concreta) por el vértigo egoísta de no saber si sabré o podré mañana, pasado mañana, dentro de un año, escribir. Diciéndome que no importaba, partí sin otra expectativa que la de abstraerme un momento del vértigo. Si acaso, entretanto, que un azar virase el eje magnético de la Tierra y con el giro cambiase mi perspectiva. Pero sí importaba, ya lo creo. De todos modos, ¿qué podía yo hacer al respecto sino banalizar la cuestión?

Gran cantidad de cosas ocurren cuando nos dejamos flotar un momento, pero probablemente ignoramos que son las cosas que sondean en la esperanza- espíritu imperecedero- que flota junto a nosotros (mi propia esperanza) las que llamamos cosas casuales, casualidades  justo porque las pensamos como casualidades, el fruto sorprendente de la inconsciencia. Hay un sentido de búsqueda del inconsciente en la meditación, en dejar la mente en blanco, en dejarse ir. Tengo mis reservas sobre que tal estado de vacío sea idéntico al no buscado voluntariamente o a conciencia; uno no encuentra al inconsciente, muy al contrario, es abordado por él, tiene noticia de él. Porque, si es voluntario, ¿cómo tenerlo por abandono? No pienso al animal burlón que  se desvanece tras la mata ahíto de la bendita paciencia de esperar que estemos listos para apresarlo. Demasiada ventaja nos da el misterio si deja de serlo, no lo pensemos. En fin, volviendo al misterio, sagrado misterio, me sorprende vigorosamente toda vez que asoma el fruto de la inconsciencia, la experiencia insistida del obrar del inconsciente, el burlón animal de nuestra historia. En el sueño, en el cansancio, en el hastío, en la retirada al piélago tranquilo, en el despiste y en el extravío involuntario actúa sobre el entendimiento el inconsciente. Es el instinto del espíritu tan distinto al instinto de la carne y sin embargo tan íntimo y bestia el uno como el otro, ambos recluidos en una danza de imposible disociación en un puente colgado en el abismo.

Verás, viene sucediendo desde que aprendí a no esperarlo todo de la corta previsión y a no desesperar anticipando un desastre donde hay tan solo un fracaso; cuando, sito ya en otras coordenadas -otro cinismo- concibo la urgencia sin su plazo confederado. Es entonces que doy, cuando suena la campana, como sin quererlo o buscarlo, bien por un medio que el subconsciente tan conectado a lo indefinido con palabras, bien a través de un mediador, doy, digo, con el resorte secreto; las más de las veces con el libro preciso. Diría que en el entorno adecuado (y el entorno en absoluto lo es), en el bien buscado y preparado paisaje de soledad donde el autoengaño tiene poco que trabajar, conspiran el dato y la mente. Más que con la unidad de los días me sucede con las propias horas del día: algunas horas son muy largas, otras vuelan en comparación: tanto tiempo nada pasa y en tan poco pasa tanto…

Leyendo este libro, el preciso de este y para este momento, El lobo estepario, que en cierto modo parece escrito para hombres como yo, para tipos como yo, he anotado como destacado o, por mejor decirlo, he caído en la cuenta de algo que deserta presto y olvidadizo a la menor oportunidad. Toda expresión tiene un destinatario: saliendo de sí, la onda exploratoria, el mensaje, hace el ensayo radar que nos devuelve la naturaleza del entorno, ya quiera que sea éste un radicalmente vacío. El protagonista, Harry Haller, deja un legajo en la casa burguesa donde se aloja con unas indicaciones detalladas adjuntas: puede hacer el destinatario (otro inquilino de la casa pulcra y convencional, del confort autocomplaciente de hombre domesticado) lo que quiera y considere con el manuscrito. Es un momento clave. En ese entonces pensé:"joder, ¿queda alguien honesto que escribe para sí, para su presente, no para gustarse mañana sino para pasar la página de hoy...para la propia impresión del presente angustioso que es todo cuanto hay? ¿Es el presente todo cuanto hay? Entonces es menester abandonar impresa la crónica del hoy que a la madrugada deja ya de importar, para no conmoverse más con ello; la angustia reclama escribir para que lea la hoguera… ¿Y qué cosa es volver a ello mañana, a lo mismo con un nuevo matiz...para no trascender como escritor siquiera, desesperado lobo estepario, sino dar vueltas furibundas y debatirse hasta la extenuación en pos de encontrarse uno mismo en el punto de la fuga?”

Sin embargo es una ilusión, pura ilusión del escritor que él mismo no habrá de confesar sinceramente, tal como la que sufre el protagonista en su espera única, sola- y ya en tanto que espera, esperanza sospechada en vano- de reunir coraje y determinación para recorrer la última etapa, la que le llevará con los inmortales. Y es pura ilusión del escritor porque se vale Herman Hesse de la cuarta musa Harry Haller para alcanzar su arque-afán intrascendente –él como escritor no puede dejar de trascender-: ¿cómo, si es escritor? Imposible acallar el por qué del por qué del por qué y mil veces por qué con la insatisfacción total de no recibir respuesta. Si tiene que haberla, ¿será que la hay? ¿No será que el desamparo como forma íntima de vivir el mundo se filtra en nuestro sentido del más allá? El clima de la vida tiene su fruto en el alma. De puro sí mismo es incapaz Hesse, gran suerte para nosotros, de cubrir con cien mantas su brillo como acontece al desesperado en tapar su boca para no clamar contra el silencio.

3 de diciembre de 2014

ASÍ ME FUI




ASÍ ME FUI

Miraba a través del cristal las rejas y a través de las rejas el recinto, la verja…Miraba más allá.
Si encuentro la cadencia adecuada, si reprendo de mis pasos la costumbre estrepitosa, métrica, si desprendo de su lasitud los músculos adoloridos  e insuflo la viveza a los pies del aire, todo lo que pienso y todo el miedo que me tiene preso será desatado, despedazado, y los eslabones rotos volarán en todas direcciones. Quiero estopa, jirones, esquirlas, metralla, hilos y retales, cosas que no se pregunten cosas, que no se aten si no es mi deseo, para poder tejer en la tranquilidad callada un entramado distinto, para alcanzar a vestir de nuevo la sencillez. Andar despacio, correr…no es suficiente o es demasiado, no me basta. Quiero el ritmo natural único, el que no cansa, el que no admite descanso, el que se arma de calor para cruzar las umbrías y las pequeñas Siberias, el que se entibia y alegra como una lagartija cuando se encuentra de nuevo con el Sol, el que conoce la noche y la hora más fría del alba y no por ello, y no por otros avatares, turba su fe ni reniega de su tarea. El que se frota las manos con cada acertijo del clima y de las horas. 
El que anda por andar de sí queda colmado cuando honra en la dinamo de los pasos su libertad. Alegre, silba por silbar unas notas sueltas; y cuando la oscuridad se ensancha se hace más fuerte, validándose en la flecha que viene de lejos. Retado el miedo de una vez y para siempre, se anuncia a la sombra en son de paz, valor y fuerza. Cada momento tiene su nota, solo una nota, alucinante y dramática porque ese es atributo exclusivo del tiempo; la naturaleza es melodía. Ella, la única melodía, la orquesta total que suena en el millón de sus rincones por donde el tránsito es el deleite de la carcajada en la incomprensión. La serenata no se repite, libre. Tiene que ser así…el viejo Doppler sabe bien soplar la corneta del tiempo que huye…para no más volver.
Una vez todo lo que deseas ser se agolpa como ariete contra el portón de tu frente, toda vez que el cajón de asuntos pendientes rebosa de papeles raros que dicen cosas raras, cuando el ojo cansado de mirar cercano cierra y se abre el ojo de ver más allá de su lente, llega la hora de cerrar el carpesano. Queda el jefe lanzando amenazas y salivazos pero son, desde ahora lo declaro,  mis oídos sordos; escucha, hay una idea volátil bromeando tras la verja, burlona, interpuesta entre la nómina del miedo y la brisa montaraz de la calle sin fábricas ni pintura, entre la orden del día y el asfalto conquistado de tomillo y albedrío: me voy. No eres quién que puedas  lanzarme al foso de los finiquitos de la selva, jefe, tan fieros… Hoy no, holográfica amenaza, queda en rabia con tu rabia: te regalo el finiquito, me voy.
Y así me fui y me va bien.